Silence, un film de Martin Scorsese

Una excelente película: Porque defender tu cultura, religión, patria, nación e independencia se debe hacer a toda costa.

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Imagina lo que serían las películas norteamericanas si su industria cinematográfica no estuviese controlada por un (((grupo))) que es hostil y decadente que ha hecho del entretenimiento un arma en contra de los hombres y la cultura occidental.

Silence es esa cinta.

La última cinta de Scorsese carece de corrección política, complejos de culpa de gente blanca, o de tapujos. Es la historia de hombres blancos que confiaban en sí mismos, con ideas expansionistas que combatían contra el salvajismo y la barbarie.

Silence nos cuenta la historia de unos misioneros Jesuitas de Portugal en el Japón del siglo XVII. Para aquella época, una gran cantidad de japoneses se habían convertido al cristianismo, antes de que el gobierno japonés, alarmado por la amenaza a su cultura, nación y soberanía, llevó adelante salvajes persecuciones que extirparon de forma sangrienta al cristianismo y llevaron a los remanentes de esa fe en esa tierra a irse a la clandestinidad durante más de dos siglos hasta que la restauración Meiji permitió la tolerancia religiosa en 1871.

El film nos narra la historia de dos jóvenes jesuitas (Adam Driver y Andrew Garfield) que entran de forma clandestina a Japón desde Macao en búsqueda de su mentor, el Padre Ferreira, interpretado por Liam Neeson. Los sacerdotes y sus conversos japoneses son interpretados de manera conmovedora ante la cruel y metódica persecución de los japoneses, que torturaban y martirizaban a los cristianos al mejor estilo de los musulmanes de hoy en día.

Durante su estadía en la tierra del sol naciente, los sacerdotes jesuitas no quisieron aprender japonés, ni saber de la cultura japonesa, ni de sus procederes. Estaban allí con la misión de conquistar y expandir.
Cuando se topan con las autoridades japonesas, éstas, con frialdad les dicen que “Japón ya tiene una religión nacional. Es  una lástima que no os hayáis dado cuenta”.

Los conversos japoneses aprendieron todo lo que podían de los Jesuitas sobre las doctrinas y métodos de la Iglesia, y luego le dieron la espalda, incluyendo la creación de un movimiento inquisidor que torturaba, ejecutaba, crucificaba y quemaba vivos a todos aquellos que profesaran la fe cristiana, toda vez que humillaban a los creyentes haciéndoles rehusar su fe en público.
La cinta nos explica que los japoneses nacionalistas entendían plenamente la teología cristiana y por eso la rechazaban en su entereza.

Los japoneses nacionalistas entendían suficientemente de teología occidental como para detener la expansión de la fe cristiana al hacer que los que la enseñaban rehusaran de su fe por motivos netamente cristianos.

El entendimiento japonés de la religión como un asunto esencialmente público y civil dejó un espacio para que la fe cristiana se expresara hacia adentro, de forma silenciosa.

Por eso la cinta se llama Silence.

Los japoneses creyentes se recluyeron en su credo de forma oculta y silenciosa, en sus hogares. Es por ello que al final de la cinta podríamos argüir que las ideas del gran inquisidor fueron derrotadas.

La respuesta japonesa, siempre acertada y brutalmente calculada radicaba en el hecho de que si bien los cristianos japoneses podían mantener su fe hacia adentro, eso era lo más japonés que podrían hacer.

Para estos nacionalistas de la Edad Media ser más japonés que cristiano, era lo preferible: Tener una proceder propio del de tu genética, nación, patria y cultura es mejor que tener otro que te es ajeno.

Más allá de hecho, para los nacionalistas japoneses de ayer y hoy la amenaza  que representaba el cristianismo era una herramienta del Colonialismo Occidental, y a esa amenaza estos nacionalistas la pararon en seco, básicamente hasta 1945.

En esta película podemos tener un esbozo de la limitación o condicionamiento de la personalidad japonesa que se le impone a los jesuitas torturados psicológicamente por factores externos, sociales y culturales: Una vez que los japoneses logran quebrar su fe usando métodos cristianos, A los sacerdotes apóstatas les otorgan las identidades de hombres japoneses que murieron, les dan las casas de los hombres fallecidos, sus esposas, sus hijos y sus negocios y compromisos.

Esto denota la primacía de los roles sociales en sobre la identidad individual en sociedades tan complejas como la japonesa de la Edad Media.

Pero eso, a lo interno, como nos lo retratan los actores, no importó porque rezaban en silencio para poder sobrellevar semejante tortura psicológica y ostracismo espiritual.

De esta cinta me llamaron la atención bastante las escenas y el diálogo entre el Inquisidor y los sacerdotes.

Los japoneses están convencidos de la falsedad del cristianismo, pero de forma muy diplomática dicen que quizá ese credo sea cierto en Portugal pero no lo es en el Japón. El sacerdote responde con poca sinceridad que la verdad es universal. Esto llevó a los japoneses, con su compleja y enrevesada weltanschaaung (cosmovisión) el cómo una verdad universal requería que los conversos adoptaran nombres y costumbres extranjeras. -Esto es, sorprendentemente actual y correcto, pues es el argumento que podemos hacer en Occidente de aquellos que se convierten al Islam.-

Pienso que quizá esos japoneses se hayan preguntado el por que una verdad universal vino a ellos en la forma de hombres de una raza distinta, que hablan una lengua extranjera, que contaban la historia de una (((tribu))) muy peculiar de Asia, que respondían a un hombre sentado en un trono en Roma que hacía negocios con colonizadores y conquistadores Europeos.

Esos son muchos detalles y muchas peculiaridades.
Francamente, ¿Quien puede culpar a esos japoneses de esa época por defender su propia cultura, religión e independencia con las armas del cristianismo, de ser necesario?

Silence es una cinta excelente en particular porque su libreto es muy inteligente. Scorsese se lució con tomas y ángulos clásicos de su estilo y guiños a la forma cinematográfica de otro gran director japonés como lo es Akira Kurosawa.
A diferencia de cintas de Martin Scorsese, repletas de drogadictos, putas, mafiosos y estafadores con una banda sonora de cultura pop muy pegajosa, en esta cinta casi no hay música, más allá de cánticos católicos de la Edad Media.

Es una película para adultos.

Es una de las mejores cintas de Martin Scorsese porque retrata forma parte de la intensa devoción cristiana que hará tambalear a los modernos progres, rojos y chairos que plagan el planeta. Pienso que recibirá buenas críticas. Quizá no sea un box-office hit como Rápido y Furioso o cualquier otra basura que pueda aparecer en la gran pantalla a la que nos tiene acostumbrados la (((tribu))).

Desde un punto de vista identitario, Silence, es en cierto modo una peli paradójica porque por una parte, es la historia del heroísmo y el sufrimiento de Cristianos Europeos y sus conversos japoneses, y por otra es la defensa absoluta e irreductible de una Nación, su genética, su mente y su cultura. – Es una cinta de hombres blancos. – Un film esencialmente cristiano dedicado a la gloria de Dios.

Mis simpatías en esta cinta iban con los japoneses, no porque considere que ser blanco es malo y no ser blanco es bueno, sino porque los japoneses defendieron lo que creían y se opusieron al globalismo colonizador de la misma forma que los hombres blancos lo hacemos hoy día.

9 de 10.

Yukio Mishima

Aquellos que ya no quieren pelear,
cometen actos de cobardía
La guerra se convirtió en un inconveniente
Y ahora prospera entre sombras.
La confianza entre esposos y amigos ha desvanecido.
la engañosa democracia ha tenido su día.
El mundo está plagado,
de fácil y doble armonía

-Yukio Mishima, “Las Voces de los Espíritus Heroicos”

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Yukio Mishima, (1925-1970) nació bajo el nombre de Kimitake Hiraoka en una familia de clase media del Japón, fue autor de muchos libros, escribió obras de teatro y fue un actor. Es uno de los autores que más ha influenciado de forma perdurable sobre la derecha europea y norteamericana posterior a la segunda guerra mundial.

En conmemoración a su nacimiento, me gustaría compartir unas líneas con ustedes sobre su vida. Uniendo Puntos se ha convertido en un punto de confluencia de muchas corrientes de pensamiento de la extrema derecha continental. Es importante para mi que muchos conozcan la obra de Mishima, así como de muchos otros tradicionalistas y ultra conservadores que influencian a la derecha alternativa.

Desde la Segunda Guerra Mundial, la civilización ha olvidado lo que es el lado oscuro del sol naciente (algo así como un juego de palabras al Dark Side of The Moon, de Pink Floyd) gracias a la las leyes de Ocupación de un desmoralizado y destruido Japón.

Los impulsos colectivos de esa sociedad han sido reprimidos tras años de ocupación occidental: Japón tras haberse rendido fue objeto de una serie de draconianas medidas para restringir los aspectos más nacionalistas de una sociedad que veía al Emperador y a su Casa Real como un semi-dios, era una sociedad etnocéntrica, cerrada y para nada cordial con toda forma de invasión, capaz de poder combinar los aspectos de la calma y la belleza de las artes y la naturaleza con la extrema violencia que podemos ver en los anime y manga.

El Japón que en cierto modo vemos: ese de turistas con una cámara Nikkon y una lente de altísima resolución tomándole fotos a todo lo que se les atraviesa por el medio, japonesas extremadamente serviciales y corteses, y ejecutivos sonrientes ha sido lo que Occidente ha buscado que esa sociedad exude.
No debemos olvidar que los japoneses, como buena civilización oriental no ven al mundo de la misma manera que nosotros, la tierra del Sol Naciente, es la tierra del Trono del Crisantemo y la tierra donde la represión es brutal y se lleva adelante con espadas.

Esa dualidad: La del Crisantemo como una expresión de las artes y la katana como una expresión de la tradición militar es algo de lo que Yukio Mishima explicó en su diversa obra.
Después de firmar el instrumento de rendición, la propaganda americana de los aliados pintó a los japoneses como una banda de salvajes. Esta imagen nunca caló bien en la psique del japonés que vivió la época de la guerra y la de la ocupación siendo una nación vencida militarmente pero no derrotada de espíritu.

El ethos de cualquier sociedad tradicional, independientemente del tiempo, espacio y etnia es una tradición perenne marcada en el corazón de los japoneses, esto fue descrito por Julius Evola, quien desmostró en sus escritos que las tradiciones culturales tienen proyecciones análogas-Lo que perciben como terrenal es una reflexión del cosmos, lo mortal es una reflexión de lo divino. Los japoneses consideran a su Rey, a su Emperador como un enlace entre la tierra y el cosmos, lo humano y lo divino. Este fue el ethos tradicionalista que WB Yeats quiso revivir de la civilización occidental al escribir su obra. Y de la misma manera, es la forma en la que Yukio Mishima quiso revivir al exigir la resurrección de la ética Samurai en el Japón.
En ese tipo de sociedades tradicionalistas, el Rey también es un sacerdote que sirve de enlace directo hacia lo divino. El guerrero es mucho más digno de honor que el comerciante, y la sociedad es estrictamente jerárquica y se le considera una reflexión terrenal del orden divino.

Cumplir con el deber del orden divino como un soldado, campesino, rey, sacerdote o mercader, es el propósito de vida cada individuo y está sancionado por la ley y la religión.

Es por ello que en las sociedades tradicionales, el rol del mercader es subordinado, y el imperio del dinero –la plutocracia- esa que vemos en Occidente hoy día, se considera una reversión del ethos tradicional: un síntoma de la pudrición cultural.
Cuando el feudalismo en Japón fue abolido, las prebendas de los Samurai fueron cambiadas por bonos y letras de cambio, para ellos, esto implicaba ser degradados a ser un comerciante para poder sobrevivir.
Durante la guerra, los japoneses se consideraban a si mismos como la única nación en el mundo que había logrado mantener un orden divino. Ellos creían y estaban convencidos que era su deber imponer este orden al respo del mundo.

El Bushido japonés “la forma de vida del Samurai”, es análoga al orden de otras sociedades tradicionalistas, como la de la caballería del medioevo europeo o la del código del guerrero que Krishna le explicó a Arjuna en el Bhagavad Gita. Para el guerero japonés, la aristocracia es la espada, un objeto sagrado, fraguado de forma ceremoniosa y su uso es sujeto de normas precisas. (Hasta filmes buenos y degenerados como Kill Bill de Quentin Tarantino respetan eso del ritualismo).

Mishima insistía en sus obras que Japón debería volver a un balance entre las artes y su espíritu marcial que le fue arrebatado. Es por ello que él rechazaba el intelectualismo puro y se veía a si mismo como una síntesis entre académico y guerrero que favorecía las acciones en vez de las teorías.

Los japoneses de hoy día puede que les cueste mucho reconocerse a si mismos y a su carácter nacional pasado: Uno en el cual le eran leales a su Emperador, honraban a sus padres, temían con horror el no pagar sus deudas morales. Todos estos valores se han diluido en una era impulsada por la abstracción vacía que da una pantalla del nuevo Nintendo Switch o el último iPhone.

El ideal estético de Mishima no rechaza la tecnología, sino que la recibe con los brazos abiertos, provisto que esta siempre pueda permitir revivir ese espíritu de tradición que le fue arrancado a Japón tras 1945.
Para Mishima la idea de una muerte violenta en plena juventud era la forma clásica de pensar de muchos de los de su época y de los que la precedían.

A Mishima le fascinaba la idea del espíritu heroico de los soldados a punto de entrar a la batalla y enfrentarse a la muerte, la naturaleza trágica de su llamado y las formas en las que partirían a otro plano.

Yukio Mishima jamás se vio detenido o reprimido por sus debilidades físicas: hay un cierto aspecto Nietzscheano del Ubermensch  en él. Por eso cuidaba con recelo su figura, y hacía que sus estudiantes y discípulos siguieran el mismo régimen dietético y de ejercicios, el consideraba que el alistamiento militar y la muerte certera que le seguía eran cosas que estaban por venir. Y pese a ese se convirtió en el presidente del club literario de su universidad, y sus poemas patrióticos fueron publicados en múltiples revistas estudiantiles. También fundó su propio periódico y se nutrió con los clásicos de la literatura japonesa, fue en esa época en la que conoció al grupo literario editorial Bungei Bu, los cuales veían aspectos de santidad en los conflictos bélicos. (Debemos entender que los orientales no ven el belicismo con los mismos ojos con los que los vemos los occidentales, para ellos esto forma parte de la vida, y es deseable, mientras que para nosotros implica algo indeseable que acaba con nuestras vidas, para ellos la guerra, junto con las artes, son dualidades que dan un propósito).

Mishima pese a su disciplina al hacer ejercicios y mantenerse en forma apenas pudo pasar el examen médico para poder ser militar y fue reclutado en una fábrica de aviones donde se producían aviones kamikaze.

A finales de 1944 publica su primer libro Hanazakan no Mori (El bosque en plena floración), y fue reconocido instantáneamente.
Mientras que el rol de Mishima en la guerra no fue el que éste deseó, pasó eñ resto de su vida en el mundo de la post-guerra intentando lograr sus ideales de tradición y ética samurai, haciendo que Japón regresara a su verdadero carácter mientras en esa tierra surgía una era democrática de paz absoluta en terminos “occdientales”.

A partir de 1952 Mishima, con una afección pulmonar viaja a los EEUU, de allí viaja a Grecia y entra en contacto con los clásicos Helénicos, leyó a Nietzsche y decidió ser tan buen escritor como era fisicoculturista.

El fin de mi vida es adquirir todos los atributos del guerrero – Yukio Mishima 1966

En 1960 Mishima escribe el cuento corto titulado Patriotismo, en hono de la rebelión de 1936  Ni Ni Roku,  de los oficiales del ejército de la facción Kodo-ha, que quisieron atacar a la Unión Soviética al oponerse a la facción Tosei-ha, que querían atacar a los británicos.

Esta rebelión y el suicidio tuvieron un impacto profundo en los escritos de Mishima y formaron la metafísica de su obra, sus proyecciones y acciones, que iban más allá de la política y entraban en lo que los hindúes llamaban el dharma.

En 1966 solicitó permiso para entrenar en los campos del ejército japonés y allí escribió “Caballos fugitivos”- una historia en la que el personaje principal era un estudiante ultraderechista radical y practicante de artes marciales que comete el hara-kiri después de matar a puñaladas a un hombre de negocios. Mishima usó la literatura para diseñar el como el había visto su propia vida desenvolverse y terminar con el trasfondo de la tradición y de la historia.

Mishima estuvo invulocurado en actividades subversivas contra el orden establecido y durante mucho tiempo se ocupó en iniciar una logia militante que buscaba restaurar el antiguo Imperio Japonés. Para él, toda la confusión moral de la era de la postguerra se debía a la renuncia del Emperador de su estatus divino. La renuncia moderna del feudalismo y la transición hacia el capitalismo y la sociedad abierta liberal, con la consecuente industrialización alteraba para Mishima lo que debían ser las relaciones naturales entre los individuos. El amor real entre una pareja requiere de un tercer término, el pex de un triángulo personificado, en este caso por el Emperador.

Es por ello que Mishima crea su propia milicia, los Tatenokai (La Sociedad el Escudo), para revivir el espíritu de los Samurai dentro de si mismos. Esta sociedad se basaba en tres grandes principios:

  1. El (((Comunismo))) es incompatible con la tradición, cultura e historia Japonesa y atenta contra el orden Imperial establecido.
  2. El Emperador el es símbolo de la comunidad histórica, cultural e identidad racial del Japón.
  3. El uso de la violencia está justificado en vista de que el (((comunismo))) es una amenaza.

La milicia de Mishima no tenía más de cien integrantes y era un ejército pequeño dedicado a estudiar el pensamiento japonés y a perfeccionar sus cuerpos y mentes sin ningún tipo de agitación política. La base metafísica de Mishima para ser esto yacía en que él creía que su ejército debería ser el más desarmado pero el más fuerte espiritualmente.

Al igual que los conquistadores de las Américas, los milicianos de Mishima estaban llenos de conciencia racial, orgullo nacional y determinación por alcanzar algo que estaba más allá de ellos.

El camino de la tradición de Mishima y sus milicianos, fue el mismo que sostuvo a los soldados japoneses durante la Segunda Guerra Mundial contra fuerzas materiales que eran abrumadoras y más poderosas que ellos.

Mishima fue un antiliberal que rechazó los aspectos más occidentales sobre la forma en la cual se afeminó al hombre japonés, que veía obsesionado con la moda, el sexo y lo fatuamente material.

El 25 de noviembre de 1970 fue el día que Yukio Mishima eligió para cumplir su destino como un Samurai, atando la fe a su espíritu contra la era moderna. Ese día, junto a cuatro otros Tatenokai, usando cintas en la cabeza, entraron a una instalación militar en Ichigaya en Tokio y tomaron por rehén a un General, con la intención de obligar a éste a que reuniera a sus tropas para que Mishima se dirigiera a ellos. Mishima y su teniente luego se harían el Hara-kiri. Sólo se usaron dagas y espadas durante ese asalto.
El general fue atado y amordazado, las tropas fueron reunidas y los colaboradores de Mishima repartieron miles de panfletos con un llamado a la rebelión abierta para la restauración del Imperio Japonés.

Mishima se dirigió a la multitud haciendo un llamado a los presentes a preguntarse dónde yacía su identidad nacional, que la nación japonesa como la conocían había dejado de existir en el momento en el que el soldado japonés dejó de ser un Samurai y se convirtió en un mercenario al servicio de occidente.

Sus últimas palabras fueron “Salve el Emperador”.

Mishima se fue del balcón y se clavó una daga en el estómago, haciéndola girar en el sentido de las agujas del reloj.
Diez mil japoneses, la mayoría no asociados a círculos de la extrema derecha acudieron al funeral de Yukio Mishima, el más grande de su momento. Para Mishima, su suicidio, en la forma del Hara-kiri, así como el haber elegido el sitio dónde morir eran una forma absolutamente honrosa de morir. Para hombres como él, con esa forma de pensar, el suicidio no es una forma de derrota sino la forma más radical de expresarse para poder proteger su propio honor.

A diferencia de la visión occidental que tenemos sobre el suicidio, que data de tiempos Agustinianos, quien arguyera que la vida es un regalo divino y que no está en manos de los terrenales el tomarla, el acto del suicidio es, ante los ojos orientales algo tradicional y honroso, una especie de acción bajo la cual la gente se redime a si misma.

El suicidio de Mishima, y su exigencia de la revisión cultural y la reemergencia nacional consternaron al Japón en su momento. Debemos entender que Mishima fue consentido por los medios occidentales durante mucho tiempo, su obra fue ampliamente traducida,  (incluso me he topado con un par de ejemplares de su obra en sitios tan inusitados como la librería las Novedades y en la Libería Lugar Común de Altamira, aquí en Caracas), el Hakagure, la biblia de los Samurai fue un best-seller después de la muerte de Mishima.

¿Fue la trayectoria de Mishima la de una estrella fugaz?
¿Representó de forma acertada el alma de su pueblo como él creyó que lo hizo?
¿Fueron sus acciones algo solitario y masoquista totalmente contrario a la degeneración progesista y postmoderna que vio en su Japón natal ocupado e inyectado con valores occidentales?
¿O fue, de alguna manera un retorno a las verdades fundamentales de lo que significaba ser japonés en contraposición a lo que es cualquier otra nacionalidad sobre la faz de la tierra?

Eso no lo se ni yo, ni probablemente nadie. Quizá la respuesta será una mezcla de todas esas preguntas en una sola oración o párrafo. Un occidental como yo, ciertamente está fuera de ranking geográfico y de weltanschauung y de la ferocidad del fuego y la fuerza y el circulo del sol naciente para poder responder a esas interrogantes, pero si puedo acercarme a poder intentar entenderlo.

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La tumba de Yukio Mishima en Tokio

Ghost in the Shell

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Recientemente leí en el súper liberal comunista Los Angeles Times un artículo que critica la decisión del estudio de Hollywood DreamWorks de emplear a Scarlett Johansson para el rol de Kusanagi en la adaptación de Ghost in the Shell por ser blanca y colocarla en un elenco en el que habían actores asiáticos. Más allá del hecho de que quien escribió el artículo está discriminando a Scarlett Johansson por ser blanca  y eso automáticamente no la hace capaz de interpretar dicho rol.

El llamado de los medios en la costa oeste de EEUU a incorporar el multiculturalismo en las películas es una tendencia que causa demasiado tedio. Si bien hay muchos actores asiáticos en su medio y en su mercado que interpretarían muy bien al personaje principal de Ghost in the Shell, debemos entender la función empresarial del negocio de las películas de EEUU, dirigido a un público en su mayoría blanco.

Querer imponer esa igualdad a la fuerza solo crea más discriminación..
Ahora escribiré un poco sobre este manga que me gusta mucho.

Ghost in the Shell es un manga escrito e ilustrado en 1989 por Masamune Shirow, publicado por Kodansha, contaba la historia de una organización anti-terrorismo liderada por un cyborg femenino llamado Motoko Kusanagi.
En 1995 surge una adaptación de anime del mismo nombre a cargo del estudio de animaciones Production I.G. Después, en 2002, surge una serie de televisión que cuenta una historia paralela del manga y la primera cinta, y en 2013 se editan cuatro episodios.

La narrativa de intriga política, espionaje, terrorismo, violencia, sexualidad, tecnología en un mundo futurista post-cyberpunk del año 2029 que propone enormes avances tecnológicos y científicos, toda vez que se contrapone a cambios radicales en el orden y jerarquía social.
El mundo de Ghost in the Shell narra la vida de hombres que dependen de implantes cibernéticos para sobrevivir, inteligencia artificial y robots capaces de sentir emociones.

Los aspectos filosóficos de Ghost in the Shell son profundos, por una parte es fundamental entender que la cultura japonesa es única entre las culturas asiáticas, para nosotros los occidentales es difícil entenderla y poder hacer conceptos de ella. Una de las cosas más brillantes sobre Japón es que mucho del material que está vetado en nuestra civilización occidental está ampliamente disponible allí. En cuanto a pornografía se refiere existen muy pocas restricciones, y en el mundo del manga, hay increíblemente temas que serían tabú retratarlos y explorarlos en el mundo del cómic en lo que a términos occidentales se refiere, para los japoneses es mejor exteriorizar fantasías peligrosas, actos horrendos al demarcarlos en cómics que reprimirlos y vivir con ellos. Es una cultura de extremo control que vive con la posibilidad de coexistir con extrema violencia y caos.

La sociedad japonesa es una sociedad extraña en términos occidentales porque la dialéctica que se mueve dentro de ella son oposiciones y altamente diferenciadas a aquellas de occidente, y ése es uno de los temas que usa el autor de Ghost in the Shell, el concepto de que la mente puede trascender más allá del cuerpo, que ese “fantasma” puede habitar objetos mecánicos es una temática recurrente en esta historia.

Motoko Kusanagi es capaz de reproducir los estímulos de sus órganos para mantenerse como un fantasma a lo largo de la historia. Ella recibe daños durante combates con terroristas y máquinas, es reparada y refaccionada toda vez que es capaz de mantener las emociones propias de un ser humano.
En el mundo de Ghost in the Shell, la información es un impulso digital capaz de ser guardado en un súper computador y transferido de un hardware a otro, la mente humana también puede ser transferida no sin antes sufrir alteraciones tras pasar de un recipiente material a otro. Ese es un concepto que en términos japoneses contrasta mucho con la idea de la pureza del espíritu, propio del orden jerárquico y familiar japonés, de la veneración de los ancestros.  Shirow desarrolla este aspecto de la pureza espiritual y lo lleva aún más allá al fundirlo con la integridad corporal que en términos japoneses debe tener el hombre.

Las organizaciones criminales y personajes que Kusanagi combate buscan transferir la mente de un cuerpo a otro, en el mundo de Ghost in the Shell, hay un personaje llamado “El Titiritero”, que busca fusionarse con Kusanagi y tomar el control de ella.
Estos aspectos filosóficos y espirituales son muy radicales en una sociedad tan conservadora como la japonesa, es por ello que culturalmente los japoneses son capaces de producir este tipo de obras que son tan entretenidas visualmente como metapolítica y filosóficamente profundas.

La principal cuestión que plantea Ghost in the Shell es ésta:

¿Cuál es la diferencia entre humanos y máquinas cuando las diferencias entre ambos son más filosóficas que físicas?

Esta es una pregunta muy difícil de responder en términos occidentales.

Es prácticamente imposible desprenderte de tu propia cultura y ver otra cultura altamente avanzada y tecnocráticamente excelente que tenga un sentido del arte tan estéticamente desarrollado como el de esta sociedad milenaria, que mira hacia su pasado y basa sus creencias en axiomas que son fundamentalmente distintos a los de la civilización occidental.

Más allá de entretenernos con lo que vemos, también vale la pena escudriñar un poco sus orígenes, el manga y anime está repleto de ejemplos que plantean esta interrogante y los recomiendo ampliamente: series como Neon Genesis Evangelion, Those who Hunt Elves, Saber Marionette son ejemplos en los cuales la visión japonesa del alma contrasta con los axiomas occidentales de lo que nos identifica como cultura y sociedad y que valen la pena explorar para aprender de ellos al tiempo que nos entretenemos.