El problema con la universidad, el trabajo y modernidad

En una publicación anterior intenté explicar por qué la Universidad y el sistema educativo nos falló a los nacidos entre 1981 y 1999. Hoy quiero ir más a fondo y explorar los aspectos psicológicos de tales afirmaciones.

La modernidad nos destruyó y nos dio la promesa incierta de que si ibas a la Universidad y obtenías un diploma de médico, abogado, ingeniero, arquitecto, periodista o economista tenías la seguridad de que el mundo era tuyo para conquistarlo. A la generación Y (mi generación) nos mintieron, nos vendieron una idea de futuro que servía en la época de los baby boomers y nos topamos con la realidad de que lo que aprendimos en la Universidad solo nos servía en nuestras mentes.

Cuando la gente intenta desarmar su certeza se puede encontrar con el concepto de que no sabe de dónde proviene su certeza y por que se aferra a ella con tanta fuerza. Son ideas básicas que fueron tejidas en nuestro subconsciente porque los que desarrollaron la teoría que da piso a la formación educativa vincularon nuestro aprendizaje a las emociones, de modo tal que no es posible invocar una sin hacer que la otra se despierte.

La educación universitaria define nuestra identidad; “soy médico, soy arquitecto, soy farmacéutico, soy ingeniero, soy abogado y no me saqué ese título en una caja de cereal” son frases que constantemente escuchamos de bocas de profesionales porque están convencidos que su formación universitaria define su identidad.
Alguien que fue a la universidad y se siente definido por su profesión cuando escucha que la “Universidad no sirve para nada” interpreta otro mensaje, que la causa de su orgullo carece de legitimidad. Para esa persona el poner en tela de juicio la validez de su carrera es algo que ataca las creencias arraigadas acerca de si mismo.
Si pasas toda tu vida trazándote un esquema y te topas con la cachetada de la realidad de que tu esquema no sirve, que es imposible hacer que funcione, te sientes defraudado y te da miedo no tener plan ni estructura, sientes que el tiempo y esfuerzo que le dedicaste a ese pergamino que algún profesor con una toga chistosa y birrete te entregó no valió la pena, entonces para convencerte de que no estás viviendo una mentira, te pones a esquivar el absolutismo de la realidad pero no sus consecuencias.

Puedes evadir la realidad, pero no puedes escapar de sus consecuencias

Cuando los boomers nos vendieron la idea de que estudiar en una universidad es garantía de tu futuro no nos dijeron que ir a la universidad no se trata de estudiar, al menos en mi caso no fue así, me la pasé en fiestas, videojuegos, sexo, drogas y rock and roll, me di cuenta que durante seis años manejé desde de mi casa hasta la escuela de medicina para obtener un diploma. La directora de la escuela de medicina en su momento, (quite the spider queen, mind you, because I know you’re reading) nos dijo que al egresar encontraríamos empleo que se volvería nuestro sustento. Nuestros padres nos dicen que ir a la universidad no es cuestión de elección sino que es un deber porque eso “te hará alguien en la vida”.

Resulta que la universidad se abarrota de gente por razones equivocadas, muchos de los summa cum laude magna cum laudes no iban a la escuela de medicina por pasión par aprender ni por profundizar lo que saben, pensaron que la universidad es como Hogwarts y por arte de magia les resuelve el futuro de la misma manera que Harry Potter hace un expecto patronus. Esa gente hoy día sufre de terribles problemas psicológicos que ocultan mostrando un éxito que no tienen en sus instagrams y facebooks.
Es ingenuo ir a la universidad creyendo que te preparas para el futuro, la educación universitaria ya no te da las herramientas que necesitas para enfrentarte al mundo en ruinas que es el mercado de trabajo. El trabajo es una repetición aburrida de actividades mecánicas. Yo cumplí con mi parte, creí en el sistema y lo usé a mi favor, estudié, madrugué y me esforcé. Al no conseguir trabajo tan rápido como otros me dieron un pésimo consejo: “esfuérzate más”, como si por acto de magia eso me serviría y no me sirvió. Tuve que tomar mi déficit de atención, lo poco o lo mucho que sabía y me las arreglé.

Pensemos en la universidad como una especie de ritual pagano o cristiano (ya que las universidades fueron creadas por la Iglesia Católica) en la cual hay una especie de viaje espiritual (con o sin drogas psicodélicas) en las cuales te enfrentas a pruebas de valor, exámenes modulares que benefician estadísticamente más a las mujeres que a los hombres, y que ese peligro de enfrentarnos a una hoja de papel con preguntas nos preparará para la adultez.

Al final de esa aventura te ponen una toga, un birrete y te dan una medalla. Si entiendes ese carácter ritual no hay problema, ahora bien, si crees que la universidad hará algo por ti en el mundo pues estás equivocado y terminarás decepcionado.

Estudiar en la Universidad es un mandamiento que se refuerza socialmente.

Si alguien no fue la a universidad se piensa menos de esa persona. Son prejuicios y los prejuicios son buenos, los he defendido en anterioridad en este blog, las personas de derecha piensan que la excelencia individual suma a la excelencia grupal. Que distinguirnos nos hace mejores y es así. Pensamos que tener un empleo es algo seguro, universidad y empleo van de la mano, así nos los vendieron los boomers.
Se nos hizo creer que el dinero es difícil de conseguir, que no podemos confiar en nosotros mismos para conseguirlos y que tenemos que depender de un empresario y sobrevalorarlo por su capacidad de darnos trabajo.
A lo largo de mis años de trabajo me he topado con jefes realmente mediocres que necesitan más de mi que yo de ellos. Y por eso cuando me he cansado de sus estupideces o la monotonía, busqué otro empleo. Eso enervó mucho a mi familia, pero con el tiempo se dieron cuenta que si sabes desprenderte y resolver, logras mucho más de lo que te imaginas. Así que no te subestimes nunca. Sé radical, ten principios, sé extremista.

Cuando tienes un empleo pones en manos de alguien más la responsabilidad de tu bienestar, el que se arriesga es el empresario. La universidad te hace creer que tu necesitas del empresario y no al revés. La opción de ser empresario implica un esfuerzo mayor porque el que asume los riesgos eres tu y muchas veces, por no decir que TODO el tiempo, la universidad no te enseña a ser el emprendedor. A tomar riesgos, a agarrar a las circunstancias por el cuello, ahorcarlas, llevarlas contra el piso y dominarlas. La violencia es útil, es deseable y masculina cuando se trata de tomar decisiones trascendentales que en tu vida laboral te darán réditos. Con esto no quiero decir que vayas a matar a tu jefe, sino que metafóricamente tu debes asumir los riesgos o si no, vivirás trabajando como un engranaje en una máquina gigante con sólo dos días de libertad a la semana si acaso.

Un trabajo en una empresa prestigiosa no te hace más distinguido, te da la sensación de ser honesto y te escudas bajo la idea de que el dinero te disgusta. Eso es reconfortante cuando no tienes las bolas de arriesgarte.
Tener  un empleo es una ocupación que no es satisfactorio para nadie, ese concepto de que nos dignifica es fabricado por aquellos que piensan que ser empleado toda la vida te da estructura, pero no ves los riesgos y pierdes esa dosis narcótica de adrenalina.

El empleo aniquila la posibilidad de la creación.

Crear es una actividad que no es propia a todos, no hay nada que de más placer que crear. Tenemos sexo y creamos descendencia, pintamos, construimos, sembramos, curamos, etc. Por medio de lo que creamos nos diferenciamos del resto de los plebeyos. El empleo es una cosa repetitiva que haces a cambio de dinero y que muy pocas veces te da la chance de poder resolver de forma creativa lo que estás haciendo porque la empresa para la que trabajas ya halló la forma que cree mejor de hacer las cosas y no le importa que innoves y desestabilices su orden. Cuando obtienes un empleo renuncias a la posibilidad de crear porque estás haciendo alguna otra vaina para alguien más. Tu libertad queda relegada al fin de semana, a veces.

Debo reconocer que siempre he sido creativo, siempre me atrajo crear, construir y moldear. Recuerdo que cuando estaba en el preescolar se nos asignaban distintas áreas: dramatización, en la que te ponías sacos y corbatas viejas de tus papás y jugabas a ser adulto, también había un área de dibujos en los que coloreabas stencils de la Virgen María, paisajes y flores, y mi área favorita: la de los bloques de construcción, recuerdo como si fuera ayer que la mayoría de los niños estaban pendientes de comerse el pegamento y tirar escarcha, un día se fueron todos a dibujar, así que yo tenía todo un cofre inmenso de bloques de construcción para mi solo, con los cuales me construí un castillo alrededor mío, con toboganes para mis carros de juguete que terminaban en una cesta para volverlos a lanzar.
La maestra y su auxiliar se quedaron perplejas ante mi creación y me pidieron que me fuera a dibujar, cosa que hice a regañadientes para ver cómo la auxiliar derrumbaba mi castillo.

Cuando me tocó sentarme a colorear una flor de Navidad de color rojo decidí pintarla con otro color para cada pétalo siguiendo el degradè de la caja de creyones. Ciertamente no parecía una flor de Navidad sino una Mándala hindú reminiscente de una fisicromía de Cruz-Diez y me obligaron a hacerlo otra vez, pero esta vez me obligaron a colorear con la mano derecha en vez de la izquierda, me ataron la mano izquierda con cinta adhesiva a la mesa y me obligaron a ir colorear torpemente y en una sola dirección una flor de Navidad.

Haciendo ese flashback puedo entender que ese fue el primer momento en el cual el sistema educativo comenzó a fallarme y de como mi creatividad fue castigada severamente.
Me recuerda tanto a la forma en la que los chinos en sus campos interminables de amapolas cortan a la flor que sobresale por encima de las demás porque quieren que todos seamos iguales, un concepto que desde niño rechacé sin saber por que y que con el tiempo me di cuenta de que era mi weltanschaaung.

Cuando estuve en mis pasantías del hospital en la sala de emergencia noté que las enfermeras y los médicos teníamos que dar un promedio de veinte pasos más para tomar nuestros equipos de pantry por la forma en la que las camillas y camas de hospitalización estaban amontonadas, así que un día llegué de madrugada y con la ayuda de camilleros y un par de enfermeras alcahuetas con las cuales tuve muchos encuentros impromptu reordené la distribución de la sala de emergencia ahorrándonos tiempo y espacio. Cuando llegó el médico superior, me preguntó por qué había “desordenado” su sala de emergencia al final de una ronda de revista que fue más expedita gracias a mi habilidad espacial.  Todos pudieron hacer su trabajo más rápido y comentaban lo bueno que había sido cambiar de sitio las cosas, pero fui castigado, removido de la sala de emergencias y condenado a cambiar sondas vesicales en el piso de hospitalización y vaciar bolsas recolectoras de orina durante tres semanas sin poder examinar a un paciente o hacer otras cosas divertidas. Lo que mis verdugos no sabían es que ese tiempo que tenía lo invertí en investigar la semiología de todos y cada uno de los pacientes que estaban en la sala, mejorar sus historias al evolucionarlas y aprenderme bien los casos, a la larga, se consigue lo bueno en lo malo. Aprendí a pararme firme en un mundo en ruinas.

El trabajo mecaniza a la gente y el sistema educativo castiga la creatividad. Me sentí defraudado.

En un curso de electrocardiogramas que tuve que tomar vi como un médico con N cursos, diplomas y maestrías le era imposible explicar un sencillo gráfico, mis compañeros estaban más confundidos que el y a la hora de la evaluación yo tenía una forma particular de hacer esa rutina de interpretación, la hice y di con el diagnóstico, pero como no seguí los pasos robóticos de aquel torombolo con espejuelos no me dieron la calificación que ameritaba. De nuevo, el trabajo es aburrido y mecanizante.

Un poco de contexto mundial.

Los informes de ese disfuncional organismo burocrático e inepto llamado Unesco concluyen que todos los países están en búsqueda de la mejora de sus sistemas educativos por razones económicas y por razones culturales.
¿Cómo educamos a los niños para que tengan un lugar en las economías del siglo XXI ? Esas que nuestros profesores universitarios que trabajan para agencias calificadoras y ministerios crean burbujas especulativas constantes que dejan a millones de personas en la ruina financiera cada cierto tiempo. ¿Cómo carajo hacemos eso a sabiendas de que no sabemos ni podemos anticipar si el banco donde tenemos guardado nuestro dinero va a quebrar la semana próxima?
La otra razón por la cual los países están buscando la mejora de sus sistemas educativos es cultural, ¿Cómo educamos a nuestros niños para que tengan algún sentido de identidad cultural para que podamos pasar la genética cultural de nuestras comunidades y nación mientras una (((élite))) nos atiborra de una proceso llamado (((“globalización”))).
La razón por la cual esto ocurre es porque los estados están intentando hacer las cosas a futuro con acciones que en algún momento funcionaron en el pasado, y mientras tanto alienan a millones de niños que no le ven sentido a ir a la escuela. La generación Y ya no cree en ese cuento de los boomers y tenemos razón en no creer en esa vaina porque si bien nos va “un poco mejor” teniendo un diploma que no teniendo uno ya eso no es garantía de éxito.

En el siglo XIX no habían sistemas de educación pública, si tenías algo de dinero podías educarte con los Jesuitas. Pero la educación pública pagada por medio de la tributación, obligatoria para todos y gratuita era una idea revolucionaria a la que muchos conservadores se opusieron – si yo hubiese vivido en esa época, de seguro me hubiese opuesto a ella- por el hecho de que no es posible de que la plebe y la clase trabajadora se beneficien de la educación pública, no son capaces de aprender y aprehender a leer, escribir e interpretar. Estas ideas de educación fueron llevadas adelante por el imperativo económico de las mentes de la época, el modelo intelectual de la mente que era el modelo de la ilustración. De que la inteligencia real tiene su fundamento en que ciertas personas tienen un determinado tipo de inteligencia que consiste en la  capacidad de poseer cierto tipo de razonamiento deductivo y un conocimiento de lo clásico de forma original, y eso se le llamó “habilidad académica”.

Este tipo de habilidad académica está arraigada en la forma en la cual la educación pública se imparte, de que hay personas académicas y no académicas, inteligentes y no inteligentes. Y la consecuencia de ello es que mucha gente con capacidad brillante piensan que el modelo educativo no es para ellos porque han sido juzgados sin capacidad de defenderse de esta forma particular de ver las cosas.

Existen dos pilares, el intelectual y el académico. Y estos dos pilares crean un caos en la vida de mucha gente porque hay quienes se han beneficiado de esos pilares y hay quienes simplemente no pueden estar a la altura de esos pilares.
Tenemos un modelo educativo que se ha fundamentado en un sistema que ha sido modelado en los intereses de la industrialización y ha sido moldeado a su imagen y semejanza.
Las escuelas han sido organizadas como líneas de producción: Timbres que indican horas de trabajo, zonas designadas para cada quien, especializadas en materias diversas, se educa en lotes, se agrupa a los estudiantes por edades como si la capacidad de los estudiantes en vez de su personalidad y coeficiente intelectual fuera menos importante que su fecha de manufactura.
Ese modelo fue conformista para quienes lo crearon y está fracasando por loa avances masivos de la era de la tecnología e innovación.
Debemos reconocer el hecho de que la mayoría del aprendizaje ocurre de forma grupal, que la cooperación es la argamasa del crecimiento y que si atomizamos a la gente formamos un engranaje que está fallando al ambiente de aprendizaje.

Los hombres necesitamos elevar nuestra realidad, darle sentido a esa realidad porque el hombre es como el resto de la naturaleza, estamos a su mismo nivel. No somos más fuertes que un roble y no somos mejores que un roble tampoco: Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Requerimos de una forma de poder lidiar con el miedo a morir, elevar nuestra realidad por encima de la realidad de la naturaleza, es por eso que valoramos tener un legado y dejarlo a quienes nos suceden. Buscamos convertirnos en algo sagrado, Spengler, Evola, Codreanu, Degrelle, Nietzsche y Schmitt nos enseñaron que el hombre moderno no cree en la religión como la única forma que tiene de expresar esa necesidad de trascender y por ello se hizo con la simbología fatua, uno de los pilares de la decadencia de la civilización occidental. Se inventan rituales, piedras energéticas, talismanes, aceites esenciales, horóscopos, instituciones (como la universidad) y mitos que parecieran ser seculares pero cuando ves el concepto metapolítico del asunto te topas con el hecho de que la religión no ha muerto sino que se ha disfrazado de instituciones, filtros de instagram, feminismo, y algún sentido de pertenencia.
El hombre moderno sigue revistiendo su realidad y su entorno de lo sagrado pero lo hace sin la excusa de la divinidad.

Cada hombre tiene muchos mundos, el concreto y los diferentes niveles simbólicos que le superpone. El trabajo y la universidad son promesas inciertas.

No seas otro ladrillo en la pared

hammer2

You! Yes, you! Stand still laddy
When we grew up and went to school
There were certain teachers who would
Hurt the children any way they could
By pouring their derision
Upon anything we did
Exposing every weakness
However carefully hidden by the kids
But in the town it was well known
When they got home at night, their fat and
Psychopathic wives would thrash them
Within inches of their lives- Pink Floyd. Another Brick in the Wall

Un pensamiento en “El problema con la universidad, el trabajo y modernidad

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