La refutación del libertarianismo

 

Hoy quiero compartir con ustedes un artículo escrito por Greg Johnson, editor en jefe de Counter Currents.

El libertarianismo es la política del individualismo. El individualismo es una posición metafísica y moral.

El individualismo metafísico es la tesis que sólo los hombres particulares existen. Los grupos son simplemente colecciones de individuos, sin realidad o significado independiente.

El individualismo metafísico está conectado al universalismo, que es la idea de que hay sólo una raza, la raza humana, la cual es sólo una colección de individuos. Universalismo implica que hay una distinción significativa entre endogrupos y exogrupos, entre ellos y nosotros.

El Universalismo tiene dos implicaciones importantes.

En primer lugar, puesto que la política tal como Carl Schmitt la define surge de la distinción entre nosotros y ellos, el universalismo implica que la política es sólo un fenómeno temporal, basado en la ilusión menguante de distinciones significativas entre endogrupos y exogrupos. Cuando desaparecen estas distinciones,  la política lo hará también.

En segundo lugar, el nacionalismo, patriotismo y cualquier otra forma de parcialidad por un endogrupo por sobre un exogrupo es moralmente ilegítima, puesto que hay realmente no hay un nosotros y ellos, sólo tú y yo. Esto nos lleva a la dimensión ética del individualismo. ¿Cómo tú y yo nos unimos? Si los grupos son simplemente colecciones de individuos, no existen los valores grupales, sólo los valores individuales. El propósito de las instituciones sociales, por lo tanto, es facilitar a individuos a perseguir sus propios fines.

El gran facilitador de individuos para que persigan sus objetivos es el capitalismo. Si tú y yo tenemos algo que ofrecernos unos a otros, podríamos comerciar. Si no tenemos nada que ofrecernos unos a otros, entonces sólo nos ignoramos. El mercado requiere sólo un  mínimo estado mínimo “vigía” para protegernos contra la fuerza, el fraude, el incumplimiento de contrato y similares.

El individualismo ético nos obliga a tratar a los individuos como individuos, no como miembros de distintos grupos moralmente sin importancia entregados a nosotros por historia o naturaleza. Debemos ser “ciegos” a la raza. Debemos ser “ciegos” a la clase. Debemos estar  “ciegos” al sexo. Debemos ser “ciegos” a la religión. Debemos ser “ciegos” a la nacionalidad. Tenemos que estar “ciegos” a todas las cosas que nos dividen. Lo único que debemos ver son los méritos individuales.

El juego de individualismo es muy ventajoso para todos los jugadores. El individualismo desata la creatividad en la ciencia, la tecnología y los negocios. Pero, paradójicamente, la mayor fuerza del individualismo es la forma de cooperación que fomenta. Cada individualista se comporta como miembro de una sociedad potencialmente global. Esto significa que la cooperación social puede escalar hasta el límite global, haciendo posible transformación al por mayor del mundo al que llamamos modernidad.

Las sociedades colectivistas, sin embargo, se ven obstaculizadas por divisiones de endogrupo/exogrupo. Si las personas se comportan como miembros de grupos, la confianza y la cooperación están limitadas a los endogrupos, lo que restringe seriamente la escala de las instituciones sociales y corrompe su funcionamiento con favoritismo hacia los endogrupos y discriminación hacia los exogrupos.

En concursos honestos, el juego individualista puede sobrepasar al juego colectivista, razón por la cual las sociedades europeas individualistas conquistaron prácticamente todo el planeta con tecnologías y formas de cooperación social superiores.

Pero la competencia por la dominación global rara vez es honesta. Así que cuando las sociedades individualistas occidentales conquistaron y absorbieron a las colectivistas, era sólo cuestión de tiempo antes de que las tribus más inteligentes aprendieran a engañar.

¿Cómo se puede engañar a un individualista? Pretendiendo ser un individualista mientras se trabajaba como miembro de un grupo. Tú exiges que los individualistas den un trato justo en cada transacción. Pero siempre que sea posible, das preferencias a los miembros de tu propia tribu, y ellos te dan preferencias a ti.

Imagina un juego de cartas en el cual tu oponente puede jugar un comodín pero tú no puedes. Este comodín es su membresía tribal. No importa cuán grande sea la ventaja que al principio tengas sobre él en términos de fichas, ya que las reglas le dan una ventaja sistemática, y eventualmente cuando juegues, perderás. Pero los individualistas son lentos para percatarse del timo, porque son ciegos a los grupos.

Es interesante que el fundador más importante del individualismo moderno ciego a la raza y la nación sea Ayn Rand, nacida como Alisa Rosenbaum, y que el liderazgo de su movimiento objectivista pasó a ser mayoritariamente judío, incluyendo un número de primos y parejas casadas. Obviamente, esto no era meritocracia individualista en acción. Sin embargo, los seguidores de Rand estaban cegados ante este hecho como una cuestión de elevado principio moral.

Jamás habrá una sociedad libertaria. Pero la ideología libertaria aún realiza una función dentro del sistema existente. Y aunque el libertarianismo es superficialmente opuesto al marxismo de la Escuela de Frankfurt, ambos son movimientos intelectuales judíos que realizan la misma función: romper la resistencia de las sociedades individualistas europeas de alta confianza a grupos tribales hipócritas —lo que John Robb denomina “tribus parásitas”— preeminentemente judíos. Los libertarios predican el individualismo, mientras que la escuela de Frankfurt estigmatiza el etnocentrismo blanco y ensalza la “inclusión” hacia los grupos “marginados”. Pero el resultado es el mismo. Ambas doctrinas promueven la movilidad ascendente y poder colectivo judíos mientras ciegan al resto de la sociedad acerca de lo que está sucediendo.

¿Qué tipo de gente predica la ceguera como una virtud? Gente que no es de ningún bien.

En última instancia, yo diría, el individualismo es un producto de la evolución biológica y cultural del hombre europeo. El individualismo va de la mano con el bajo etnocentrismo, es decir, la apertura a los extranjeros, la idea universalista que en última instancia sólo existe un grupo, la humanidad, a la que todos pertenecemos. La mentalidad europea fue bellamente encapsulada en un dicho de Will Rogers: “un extraño es sólo un amigo que no has conocido”. Dudo mucho que se pueda encontrar una frase equivalente en hebreo o árabe. En otras palabras, fundamentalmente no existe un nosotros y ellos. Hay sólo conocimiento e ignorancia, amigos que conocemos y amigos que no.

Esta apertura es muy ventajosa porque permite aumentar el número de personas con quien la confianza y la cooperación son posibles. Pero la apertura a los extranjeros también es arriesgada, por supuesto, porque puede que no sea recíproca. Por lo tanto, correr el riesgo de la sociabilidad —extendiendo la mano de la amistad— está profundamente arraigado en nuestro sentido moral con altura de miras. Pero al encontrarnos con personas que no responden con reciprocidad a nuestra apertura, sino que en cambio la consideran como una debilidad a ser explotada, entonces nuestras virtudes ya no son ventajosas, y si nuestras élites persisten en una magnánima apertura a tales enemigos, deben ser relevadas de sus competencias y responsabilidades.

El individualismo deja ciego a sus seguidores frente a los engaños colectivistas. Así que la única manera de salvar el individualismo es volverse conciente de los grupos. Pero eso suena a colectivismo. Una vez que nos damos cuenta de las tribus parásitas, hay que excluirlas. Pero eso suena a estatismo. Si el individualismo es, en definitiva, un espíritu europeo, entonces el individualismo requiere la preservación de las sociedades europeas y la exclusión de los no europeos, lo que suena a nacionalismo racial.

Ésta es la refutación del libertarianismo. Es una forma de auto-refutación. Para salvar al individualismo, debemos repudiar el universalismo, reintroducir la distinción entre nosotros y ellos y empezar a actuar colectivamente. El individualismo sólo funciona como parte de un colectivo de personas de ideas afines que deben excluir a colectivos que no juegan bajo las mismas reglas. Así es como algunas personas comienzan como individualistas libertarios y al final se vuelven  racistas, antisemitas y fascistas.

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