Mil novecientos ochenta y cuatro, de George Orwell

La ironía...

La ironía…

George Orwell es el seudónimo de Eric Arthur Blair, nació en Motihari, en lo que fuera el Territorio del Raj Británico, actualmente India, el 25 de junio de 1903 y murió el 21 de enero de 1950 en Londres. Durante su vida se desempeñó como periodista, novelista, y ensayista.

Su prosa es ampliamente conocida en la Civilización Occidental, crítica de las injusticias sociales, su oposición al totalitarismo, toda vez que  paradójicamente era un socialdemócrata.
Para entender el contexto de su obra, debemos entender que Orwell era un socialista de la clase media-alta escocesa, estaba en rebelión contra el Imperio Británico de la época.

Con base a las concepciones propias de un hombre de extracción escocesa de izquierdas en el Reino Unido, que vio el Raj Británico, que ejecutó acciones policiales en Birmania, que luchó en la Guerra Civil española en el lado que fue derrotado por el Generalísimo Francisco Franco, se codeó entre los intelectuales de izquierda en Hampstead, etc. Orwell aprehendió e hizo construcciones y criterios propios sobre su visión de socialdemocracia.
Durante su paso por España, militó en el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) y fue testigo presencial de los intríngulis propios de las políticas de la extrema izquierda revolucionaria: Las purgas, cruentos asesinatos, inhumanas torturas, ausencia total del estado de derecho y debido proceso, etc., todas hechas en nombre de la igualdad y la humanidad.
Al ver estas atrocidades, Orwell quedó profundamente traumatizado, y tras haber sido herido por una bala en el cuello mientras peleaba en Cataluña y haber huido de ese lugar, se convirtió en un izquierdista odiado por la izquierda en sus distintas facetas: Jamás pudo coincidir ni con los Laboristas británicos, ni con el partido comunista inglés, y su hostilidad con la línea partidista lo convirtió en un perseguido ideológico, un paria de izquierdas dentro de la izquierda.
Y es en ese momento cuando escribe su obra más conocida, Mil novecientos ochenta y cuatro, muchos intelectuales la consideran una de las obras más grandes del siglo XX de la literatura occidental.

Escrita en la primera mitad de ese siglo, probablemente esa novela sea axiomática en cuanto a mucho de lo que pasó en esa era. George Orwell estaba cercano a morir cuando escribió Mil novecientos ochenta y cuatro, lo hizo en 1948, y es de allí es donde saca el título de su obra al invertir los dos últimos números de ese año.

Posterior a su muerte, dicha novela ha entrado en el lenguaje de la modernidad. La palabra “totalitarismo” se hizo común en el léxico de la gente gracias a esa novela.
Los términos “orwelliano”, “el gran hermano”, la creencia de que hay un partido extrañamente desconocido que es todopoderoso, que todo lo ve, la neolengua, y la noción del socialismo, todas se las debemos a esta novela. La novela fue prohibida en la Unión Soviética, los intelectuales de la Europa del Este que pudieron hacerse con este libro lo comentaron ampliamente, ya que consideraban que su lectura era básicamente una descripción de su cotidianidad,
Orwell era un novelista, no un ideólogo político. Una de las razones por las cuales mil novecientos ochenta y cuatro ha perdurado en el tiempo , es porque es una novela que tiene ideas políticas, y el que la lee, a pesar de que no sea una persona con mucha convicción política le queda el mensaje. La mayoría de los lectores recuerdan la forma en la que se describen las escenas, el sucio, el mal olor, la polvareda y el abandono al que la sociedad estaba sometida, toda vez que eran bombardeados constantemente sobre la gloria del socialismo y el advenimiento de la lucha de las clases.

Cuando el marxismo comenzó, en el siglo XIX, tenía una gran cantidad de teoría cultural atada. Cuando Antonio Gramsci estaba preso por los fascistas italianos, escribió “Los Cuadernos de la Prisión” y describió un discurso cultural en el cual Gramsci tuvo la idea de que la superestructura (el estado) y la base de la sociedad estaban desconectadas una de otras., de modo tal que las cosas podían existir a un nivel cultural que no estuvieran totalmente determinada por la economía y que a su vez, éstas no pudieran estar totalmente determinadas por la economía. Esto tuvo como consecuencia que para poder discutirlas, se requiriera de un amplio campo referencial. Este tipo de marxismo fue al que Orwell estuvo expuesto en buena parte de su vida. Orwell aborrecía la sobrecarga teórica que implicaba el marxismo y esos terribles ejercicios de teoría crítica que sus camaradas aplicaban.
Orwell pudo probar las aguas del marxismo y sus olas que venían una tras otra, y esto lo vemos en su magnum opus mil novecientos ochenta y cuatro, en la cual vemos cómo el autor no fue ajeno a la ola del marxismo trotskista que fue purgado por Stalin en los primeros años de su dictadura proletaria, y de cómo los trotskistas rápidamente repudiaron ese movimiento.
En mil novecientos ochenta y cuatro la ideología de León (((Trotsky))) es poco apreciada y pasa casi desapercibida: La idea de que el partido totalitario exista es una mezcla sutil de ideas libertarias, marxistas y contra-marxistas. Uno de los puntos que rara vez son señalados en ese libro cuando se analiza es el cómo la maquinaria del partido hace las veces de fascismo en la mente de Orwell. Una estratagema trotskista en donde se considera que el enemigo es el estalinismo, como el recrudecimiento de la clase del enemigo.

En mil novecientos ochenta y cuatro vemos como la URSS se convierte en una especie de estado obrero deforme.

La novela tiene un tema recurrente que Orwell destaca tras compartir mucho tiempo entre socialistas y sentir su desprecio tras  mostrar sus atisbos de individualismo: El partido es capaz de crear su propio pasado, su propio presente y trazar su futuro. El partido crea su propia disidencia, y lo hace porque el partido controla las mentes de quienes gobierna, el régimen que gobierna el mundo de la novela controla todos los aspectos de la sociedad de la distópica retratada allí.

Uno de los aspectos más fuertes de mil novecientos ochenta y cuatro es la forma en la que Orwell describe una serie de cosas inmencionables, usualmente realidades del mundo físico: La polvareda, el hedor, la humedad, suciedad, descuido del ornato público, etc. Que hacen que la novela sea sea físicamente mordaz y real para el lector.
Esta es la textura de la vida cuando se vive bajo el socialismo real: Una barra de jabón vieja para bañarse, la ausencia de hojillas de afeitar, cabellos humanos tapando el lavamanos repleto de agua sucia, los aspectos insalubres del conformismo, la escasez y austeridad de los comercios socialistas, las colas para comida, etc.
Esto y el retrato de la clase trabajadora en la que todos, en toda partes son tratados socialmente como bestias de carga. Alguna de las ilustraciones más detalladas surgen de la descripción de la casa del protagonista central de esa novela: La naturaleza delincuencial y perversa de los hijos de la vecina, dispuestos a acusar a todo aquel que no piense como a esos niños los adoctrinaron en la escuela (Orwell se adelantó en su tiempo al escribir que en ese mundo distópico futurista los padres tendrían miedo de disciplinar a sus hijos), el olor penetrante y ácido de la basura que no recogen desde hace semanas, la naturaleza decrépita y raída de todas las cosas, la repetitiva propaganda tediosa en los medios que no se puede evadir.

Un hecho no comentado de mil novecientos ochenta y cuatro es que George Orwell se basó en la Gran Bretaña de 1948 para hacer este tipo de descripciones: En esa época, el Reino Unido era un país devastado por las guerras, que agotó su aparato productivo para el complejo militar industrial, en la que habían tarjetas de racionamiento, edificios en ruinas, comida podrida, restricciones en el comercio, controles de precios, la continua cháchara en la prensa y radio de cómo los aliados le ganaron la guerra a las potencias del Eje y por eso estaban mejor.

Orwell escribió otra serie de libros, reportajes y artículos que habrían sido olvidados por el público de no haber escrito una fábula titulada “Rebelión en la granja”, donde satiriza la instalación del golpe Bolchevique que dio con la creación de la Unión Soviética, y luego su magnum opus, mil novecientos ochenta y cuatro, donde narra la naturaleza, textura y lo que los novelistas pueden describir en sus propios términos sobre lo infernal que es vivir bajo una dictadura totalitaria de izquierda. Los intelectuales de la Europa del Este, en donde la novela estuvo prohibida hasta el derribamiento del Muro de Berlín en 1989, admiraron la novela por la exactitud con la que la misma se desarrollaba. Las sociedades húngaras, polacas, checoslovacas, búlgaras y rumanas después de la disolución de la Unión Soviética leyeron ampliamente ese libro y se dieron cuenta de que retrataba con crudeza las atrocidades que tuvieron que vivir durante décadas.

Winston Smith es un personaje de baja jerarquía en el Ministerio en el que trabaja y su trabaja es el de cambiar los registros históricos para hacerlos coincidir con la narrativa actual del régimen, la “verdad oficial”, que se define en función de las necesidades del partido. Este tipo de regímenes exigen en su aplicación el tener que alterar de forma continua el pasado y a largo plazo comenzar a crear una realidad propia.

El paralelismo asombroso que existe entre la neolengua, el idioma creado por el partido y la corrección política contemporánea a la que nos quieren someter desde la izquierda es algo muy frecuentemente analizado por todo el que lee esta novela.

Hay una escena en esta novela en la cual el personaje principal, Winston Smith, tiene una conversación con un compañero de trabajo en el Ministerio llamado Syme mientras comía, Syme estaba a cargo de redactar un diccionario de la neolengua, esa forma de querer cambiar la realidad mediante el uso del lenguaje que no es reciente, la usaron Marx y sus apólogos en todas partes del mundo donde se ha aplicado el socialismo:

¿Que tal va el diccionario?- Dijo Winston
-Despacio- respondió Syme-. Por los adjetivos, es un trabajo fascinante.
En cuanto oyó hablar de neolengua, Syme se animó inmediatamente […] -La undécima edición es la definitiva, le estamos dando al idioma su forma final, la forma que tendrá cuando todo el mundo sólo hable neolengua. Cuando terminemos nuestro trabajo, tendréis que empezar a aprenderlo de nuevo. Creerás seguramente que nuestra principal tarea consiste en inventar palabras nuevas. Nada de eso. Lo que hacemos es destruir palabras, centenares de palabras cada día. Estamos pelando el idioma para dejarlo en los huesos. De las palabras que contenga la undécima edición, ninguna quedará anticuada antes del año 2050.- […] – La destrucción de las palabras es algo muy hermoso, por supuesto, las principales víctimas son los verbos y los adjetivos, pero también hay centenares de nombres de los que se puede  prescindir. No se trata solo de los sinónimos, también de los antónimos. De hecho, ¿que justificación tiene el empleo de una palabra sólo porque signifique lo contrario que otra? Toda palabra contiene en sí misma su contraria. […] La finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, restringir el radio de acción de la mente. La revolución estará completa cuando la neolengua sea perfecta.

Orwell pensaba que las tendencias políticas de su tiempo estaban influyendo de forma negativa sobre el lenguaje verbal y escrito, lo cual tiene como consecuencia empobrecer la calidad del discurso público. Los pleonasmos, neologismos, abreviaciones, acrónimos y siglas son características del lenguaje burocrático. La neolengua fue creada para impedir cualquier forma de pensamiento independiente de la línea partidista, de la misma forma que la corrección política actualmente con la capacidad de pensar de la gente al crear una policía del pensamiento.

Mil novecientos ochenta y cuatro es una novela que todos deberíamos leer y comprender, es un pedazo de la historia que se sigue repitiendo, y atrae a los lectores en una forma muy aterradora: La ubicuidad de su redacción con los procesos mentales, y la creencia de que cuando los humanos rechazan las ideas del pasado, tratarán de subordinar el presente.
El comunismo fracasó. Mató a millones en el siglo veinte. Fue combatido y tiene que seguir siendo combatido. La tenencia por la cual a nosotros, en la derecha se nos critica mucho y nos buscan poner el mismo mote de genocidas que la contraparte roja, es porque en muchos momentos, la derecha ha tenido que ser tan feroz, y tan nefasta como aquello que estaba atacando. La izquierda como ideología predicaba una utopía pero creía que los fines justifican los medios, lo cual los llevó a tener procederes delincuenciales y criminales en los que la perversidad no conocía límites.
Antes de que el comunismo se congelara en esa gran burocracia estatal, sus procederes criminales no conocían límites. La policía secreta, la Cheka, fue creada por los dirigentes soviéticos de forma impulsiva para deshacerse de todos aquellos que se opusieran a sus ideas. Tenía la finalidad de imponer disciplina a los enemigos de la clase para que el paraíso socialista pudiera comenzar. Lenin fue uno de los artífices en la creación de este aparato criminal, y todos los demás aparatos de seguridad estatal comunista se han modelado con base a sus procederes.

Durante el período más cruento del terror rojo de los comunistas en el inicio de la URSS, Lenin exigió a sus colaboradores el desatar un caos sin parangón, hambrunas, y el colapso completo de la sociedad y economía Rusa. Se expropiaron todos los bienes de la Iglesia Ortodoxa rusa, quemaron reliquias, convirtieron iglesias en graneros, establos y tiendas.

Cuando le preguntaron a Lenin el por que de tanta devastación. Lenin respondió que ellos, como socialistas eran la historia, y hacían lo que quisieran. Los comunistas creen que en momentos de caos y revolución se extirpa el significado del orden previo que el caos estaba destruyendo, porque ellos siempre trabajaron en la mente de la gente antes de ponerse a trabajar sobre sus cuerpos.

Por eso en esta novela buena parte del daño que vemos no es sólo material sino a la calidad de pensamientos que tienen aquellos que viven bajo regímenes tan tiránicos:

En Venezuela la gente no se da cuenta del daño psicológico que el chavismo les ha hecho: que abren el grifo del lavamanos y celebran que salga agua.

Los gobiernos socialistas tienen en su mesita de noche una copia de este libro, que fue escrito como una advertencia y terminó convirtiéndose en un manual de instrucciones.

2 pensamientos en “Mil novecientos ochenta y cuatro, de George Orwell

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