el irrespeto de la convivencia

Mi vecindario solía ser uno tranquilo, si de algo se caracterizaba era por ser un sitio ameno, cada quien andaba en lo suyo y las actividades cotidianas no interrumpían ni con el libre desempeño ni con la paz y tranquilidad que se supone debe brindar un hogar normal. Crecí en un hogar clase media trabajadora, de esa que ha visto como su calidad de vida ha ido mermando producto del excesivo intervencionismo estatal que representa el socialismo. A tal punto en el cual el socialismo, con su credo de violencia se ha colocado frente a la puerta de mi casa.

Todo comenzó cuando una mañana de un fin de semana tranquilo, fuimos despertados todos los vecinos de la cuadra por el sonido de un grupo de camiones repletos de grupos armados, ahora bien, no me importa si son colectivos armados, milicia, militares o demás, lo cierto es que son chavistas con pistolas, a tomar un terreno que quedaba a una cuadra de mi casa para reclamarlo en nombre de un “poder popular” para la construcción de viviendas dignas.

Un terreno repleto de monte, cuyo dueño no se por que se dejó quitar su tierra. de buenas a primeras fue incendiado, creando una contaminación, en el caso de mi hogar, tuvimos conjuntivitis por exposición al humo, tuvimos que usar nebulizaciones para poder respirar, y sumado a eso, durante los 14 meses que implicó la construcción de esos apartamentos, estuvimos forzados a barrer quien sabe cuantas veces en el día, porque el montón de tierra y polvo que levantaba esa construcción ensuciaba no solo la fachada de nuestra casa, sino que propiciaba la aparición de alergias. Durante meses escuchamos maquinaria pesada interrumpir nuestro sueño, nos parábamos cansados a trabajar porque durante día y noche escuchábamos maquinaria pesada martillar, golpear y nivelar terreno para erigir dichas estructuras.

Pero una vez terminados los edificios, llegaron una serie de “personas” con una cultura distinta a la que nosotros tenemos, aquella de vivir en una urbanización donde el espacio personal se respeta, llegaron las motos, los carros de perro caliente que son fachada para el microtráfico de drogas, las mesas de plástico con una sombrilla y un teléfono y con ello, una cultura de “barrio”, de “calle” a la cual nos quiere someter el gobierno.

Recuerdo perfectamente en una alocución del usurpador de la silla de miraflores en la cual ese colombiano hablaba sobre cómo debía ser la política de construcción de viviendas, toscamente se resume en que a la casa donde nació una persona, ésta debe vivir ahí toda su vida, casarse y que luego se les construya un anexo para que vivan todos “en familia”, en “comuna”. También recuerdo unas infelices declaraciones de mi colega, el doctor Rodríguez, el que parece ser el sempiterno alcalde de caracas en las cuales decía que había que construir ranchos unos, encima de otros para que todos cupieran. Esto me lleva a pensar que eso de vivir arrimados forma parte de la triste cultura de barrio a la cual nos quiere someter el socialismo.

Todos los sistemas socialistas tienen un método de opresión y control social, la fatal arrogancia de decir “esto es socialismo con características X”, (donde “X” es el sitio geográfico donde se aplique esa ideología criminal, racista y genocida) en el caso venezolano, el socialismo tuvo que evolucionar, como bien lo define Andreas Schedler en su artículo, “la última línea de defensa del autoritarismo”, aquí hay una dictadura electoral, y sus alguaciles armados encargados de defender al sistema ya no requieren de placas, sino que están inscritos en la base datos del partido socialista, ya esos alguaciles no andan a caballo sino que pasean las calles en sus motos, trafican perico, roban, secuestran, y matan tigres, y por sobre todo, les gusta pararse en frente de mi casa a beber licor, consumir sustancias ilícitas, orinar, y defecar en la puerta de mi casa.

En un país normal, uno llama a la policía para evitar que este tipo de cosas ocurran, y los cuerpos policiales se presentan y se llevan a esos malandros; hoy día he perdido la cuenta de cuantas veces he llamado a la policía nacional, a la guardia nacional y demás entes burocráticos que se supone me deben defender de ese tipo de agresiones a mi propiedad privada; la respuesta que obtengo me deja anonadado, y son respuestas variopintas, van desde “no podemos decirle a la gente que no beba en la calle” (habiendo una Ley que lo prohibe) hasta “si yo les digo que se vayan, después te pueden lastimar a ti cuando yo (la Autoridad) ya no esté aquí, así que no vale la pena”, decidí iniciar averiguaciones para poder usar al poder judicial a través de la fiscalía para poderlo hacer pero resulta que mi reclamo resulta una nimiedad, ya que hay “delitos más importantes que investigar”. Esto supone una serie de cosas, que las infracciones menores pasan desapercibidas porque al que está encargado de hacer cumplir las leyes, no lo hace.

Cual fue mi sorpresa e indignación al ver que el policía que me dijo que no iba a sacar a la gente que se paraba a beber en frente de mi casa, estaba tomando con ellos sin uniforme un día; eso me llevó a concluir que el concepto de justicia en este país yo no comprendo; en mi casa estamos cansados de limpiar orina, mierda, y recoger botellas de licor de nuestra jardinera, una jardinera hermosa que ha ido decayendo por la forma en la que estos animales maltratan nuestras plantas, que en algún momento eran las más bonitas de la calle y hoy a duras penas crecen arbustos fuertes que aguantan los embates de estos criminales que no tienen ningún sentido de respeto por lo ajeno. 
El entorno de mi casa se ha ido deteriorando, lo que alguna vez fue un supermercado, hoy día es una bodega regentada por un portugués sin escrúpulos cuyo único interés es enriquecerse sin importarle que el entorno y la clientela que le compra pasó de ser clase media, a la cual le podía proveer bienes y servicios acorde a ese nivel de poder adquisitivo a ser una clase pobre que sólo compra licor para emborracharse en las inmediaciones de su negocio, esa misma clientela que de vez en cuando lo atraca y roba, y que éste, en su miedo, no se atreve a acudir a las autoridades.

El socialismo tocó la puerta de millones de hogares venezolanos y con su venenosa toxina de miseria ha ido socavando nuestra forma de vivir, tenemos que encarcelarnos en rejas, puertas de seguridad, cadenas, alarmas, candados, dejar de usar prendas atractivas, dejar de darnos gustos y guardarnos en nuestras casas después de las horas nocturnas porque no sabemos que es lo que va a ocurrir una vez que salimos de ese sitio que llamamos hogar.

Ese mismo socialismo que condenó a mi generación a vivir arrimado con sus padres, a mi generación le queda aferrarse a las ideas del individualismo, de la propiedad privada, de los derechos individuales, de decir no al colectivismo, y de abrazar el capitalismo para hacerle frente a este sistema que lentamente impone un totalitarismo, donde un grupo político impone una dictadura proletaria sobre proletarios que ya no existe, debemos pasar de proletarios y colectivos a individuos y empresas para poder tener oportunidades en este país, una Venezuela con una pirámide poblacional joven, una población joven que se  enfrenta a un drama generacional, en el cual una gerontocracia pretende imponer sus criterios, su forma de pensar a una juventud que busca lo mejor para si. Pero que lenta y progresivamente se ve frustrada, que se ve obligada a emigrar, a exiliarse voluntariamente en busca de oportunidades.
El tiempo nos dirá que pasará con nuestro país, pero entretanto nos apacigüen, nos desarmen y nos sigamos conformando con decir que ahora tenemos patria, el socialismo seguirá poniéndonos los grilletes de la opresión y mi familia y yo tendremos que seguir trabajando para mantener a los vividores que les dieron casa sin trabajar, seguiremos recogiendo la mierda y las botellas de los borrachos vecinos y seguirán muriendo más de 20.000 venezolanos anualmente a manos de delincuentes que están inscritos en el partido socialista unido de venezuela. 

Hasta una próxima entrega, si las circunstancias lo permiten…

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