”Señor Presidente: ¿Podemos albergar alguna esperanza?” por Rafael Muci-Mendoza

Este maravilloso artículo lo encontré en la que fuera una de las publicaciones médicas más prestigiosas del país, los ”Archivos del Hospital Vargas” donde muchos grandes médicos venezolanos han plasmado su experiencia y han contribuido a la creación de conocimiento, que es lo que diferencia a una Universidad de un Liceo.

Es triste ver que esta revista, que en algún momento fue marcadora de pautas a nivel nacional, gracias a la falta de cariño por el acervo histórico de la Nación haya quedado prácticamente en el olvido, y que aun cuando su comité redactor todavía puede estar en actividad, la escasez de recursos, la falta de financiamiento por parte del hospital gracias a la burocracia de nuestros gobernantes, carentes de amor por lo que es la identidad y el acervo histórico de la nación. Al leerlo, y miren la fecha bien se darán cuenta que la situación de la salud en Venezuela, nosotros, los médicos venezolanos siempre la hemos denunciado y que a quien hoy critican de ser un escuálido, defensor de adecos y copeyanos, siempre tuvo el guáramo y el temple para criticar lo criticable y exaltar lo bueno, las palabras del Doctor Muci, tanto en aquellos tiempos de la cuarta república como hoy día conservan su vigencia.

Sin nada más que decir, les dejo con el artículo en cuestión.
Fue escrito por el Profesor Rafael Muci-Mendoza, médico internista, neuro-oftalmólogo, profesor titular, Cátedra de Clínica y Terapéutica Médica ”B” de la escuela de Medicina ”José María Vargas” de la Universidad Central de Venezuela para la columna dominical Primum Non Nocere del mencionado autor en el diario El Universal el 29 de mayo de 1994 y es el Editorial del Volumen nro. 36 de la Revista Archivos del Hospital Vargas correspondiente a Enero – Junio de 1994 ISNN 0018-5884

SEÑOR PRESIDENTE:
¿PODEMOS ALBERGAR UNA ESPERANZA?
Dr Rafael Muci-Mendoza

Hospital Vargas de Caracas, Sala 3. Lunes 11 de abril de 1994. Será un día más de amargura, impotencia, rabia y de profundos sentimientos de culpa. Habiendo visto mi último paciente ambulatorio me dirijo a ”mi sala”- ¿Cómo no serla? Si desde que era apenas un estudiante, 35 años atrás, sus pacientes han ocupado las mañanas de mi vida.- Mis colegas: adjuntos, residentes de post-grado y estudiantes de medicina, me esperan para iniciar el consagrado ritual de la visita o revista médica, donde ayudamos, aprendemos y enseñamos, donde analizamos el caso particular de cada enfermo, y con nuestra fe, conocimientos y escasa ayuda tecnológica , tratamos de volverle activo, al seno de su hogar y de la sociedad. Veo en ellos -todos jóvenes, tan jóvenes que bien podrían ser mis hijos-, aquel auge algunos vez yo fui: pletóricos de esperanzas, buenos para el trabajo, incontaminados, deseosos de conocer y saber para servir. Para servir a quien nada o muy poco tiene, nuestra clientela habitual. Pero ¿De que nos sirve el conocimiento y la preparación si el medio, estrechísimo, nos impide aplicarlo? La dolorosa realidad desplegada ante mis ojos, llenos de costumbre, me atropella, me asquea, hace arquear mi cuerpo como tocado por un ferrete incandescente. ¡Cuánto hemos perdido! ¡De que manera hemos retrocedido! Todo es ruina. No hay agua en el hospital. Los baños apestan. No podemos lavar nuestras manos. Sin lavamanos ni agua, transportaremos miasmas infectantes de un paciente a otro. Los enfermamos más. Los servicios auxiliares como el laboratorio general, radiología y anatomía patológica, otrora nuestro orgullo, son hoy grotescas caricaturas de lo que alguna vez fueron. Los cirujanos hasta parecen innecesarios, de tanto no poder operar… Si el paciente no puede costear sus exámenes fuera del hospital, si no puede comprar sus medicamentos, por seguro que no los tendrá oportunamente, su condición empeorará y Atropos, con la diligencia que la caracteriza, cortara el hilo de su vida.

De Hospital Rector de la medicina nacional, hemos descendido a la categoría de moridero, donde hacemos las veces de matarifes sofisticados, pues se agrede cuando sabiendo lo que debe hacerse, no es factible hacerlo. ¡Que mala medicina la que estamos practicando! ¡Que pobre medicina la que estamos enseñando! ¿Que nos mantiene en nuestros puestos de inacción? ¿Será la rutina o el amor por la institución? ¿Por que no dejar esto y emigrar-como tantos-hacia la tranquilidad invidente de nuestros consultorios privados? Veo a mis colegas.
Dinero no es el motivo. Buena parte de ellos tampoco ha asumido su compromiso como un vulgar ”cambur”. ¿Hasta dónde se quiere poner a prueba la capacidad de tolerancia de un cuerpo profesional y los pacientes bajo su cuidado?

”Veamos ¿que tenemos hoy en esta sala de 16 enfermos? – pregunto- ¡Que macabro inventario!. Cinco personas con sida luchando contra invisibles gérmenes que, oportunistas, se han arrimado a su cuerpo inerme, que como el cuerpo de la Patria, no sabe defenderse de sus hijos desnaturalizados; dos tuberculosos activos, bacilíferos y altamente infectantes muchachos inocentes -¡sus nietos, los míos!-, a quienes debimos eliminar sus defensas con quimioterapia para destruir las células cancerosas, a quienes hemos dejado al descampado, sin protección alguna contra la infección, y rezando porque exista el antibiótico adecuado y porque después no le falte; un pobre joven con un pénfigo ampollar, cundido de pies a cabeza de vesículas infectadas; un paciente que ”se fuma la pipa” que le obsequió el accidente cerebrovascular que le tocó en desgracia, ¿cómo no culparlo? No tuvo el dinero suficiente para comprar un novísimo y efectivo medicamento antihipertensivo al coste que el Estado, su garante, ha puesto fuera de su alcance; un alcohólico para colmo hemofílico, con sangrado intracraneal…. ¡Quiera el Divino Hacedor, que ninguno requiera de una transfusión de sangre! Para hoy, no hay reactivos para chequear la sangre contra el virus del sida o el de la hepatitis. La Gobernación no ha enviado in el insumo ni el dinero para adquirirlo. Paree que van a embellecer la Cota Mil. No importa. Los hijos de ellos están euros y bien lejos de poder una cama en mi Hospital. ¿Cómo podemos mezclar en un mismo ambiente pacientes gravemente infectados, con otros, muy susceptibles que no lo están? ¿Se nos habrán apergaminado los sentimientos, extraviamos el buen juicio, o las terribles circunstancias que enfrente la Patra nos ha forzado a ello, aun en contra de simples principios médicos, éticos y morales? ¿Dónde dejamos el Primun Non Nocere hipocrático, el primero no hacer daño, el favorecer, no perjudicar? Con todo, algunos sobrevien a este lúgubre juego de ruleta rusa que les obligamos a jugar, pero ello, ni nos exime ni atenúa nuestra culpa…. Mientras este estado de profunda miseria rellena nuestros días, observamos cómo centenas de miles de millones de bolívares salen, no se sabe donde, a ”auxiliar” a un grupito de banqueros corruptos, que habiendo puesto a buen resguardo sus propios intereses y dándole la espalda a sus desapercibidos clientes, le echaron candela sus negocios en gesto que los maldice. ¿Se esperaba otra cosa? ¡Si son los mismos que ya lo hicieron la primera vez y no han recibido ni el deshonroso castigo de una remoción de su cargo! ¿Ingenuidad, pestífera complicidad, crimen de lesa patria? Entretanto, no hay nada para nuestros hospitales y nuestros pacientes, indiscriminadamente se nos acusa de ladrones, se expone a nuestros residentes a la ira del colectivo cuando por falta de recursos envían a ”ruletear” a los pacientes… Bien pareciera, que en esta Venezuela que le ha tocado gobernar, vale más la banca que la vida del Juan Bimba que le dio su voto… ¿Podemos tener esperanzas, señor Presidente?

Los párrafos precedentes, no pudieron ser publicados en su oportunidad. Al momento de ser escritos, esa era la realidad que en mi Hospital, vivíamos pacientes y médicos. Hoy día un mes y medio más tarde, la situación es aun peor. Se anuncia la suspensión de varios cursos de postgrado. El nivel de asistencia -base de una buena docencia- ha descendido tanto, que ya no asegura un mínimo de enseñanza, pues enseñamos con el ejemplo, con el buen ejemplo, se sobreentiende. ¿Y que decir de nuestros estudiantes de medicina los futuros médicos que el país necesita? Veo sus rostros confundidos al recibir esta herencia maltrecha que la incurría de muchos les ha dejado. Siento que mis ojos se empañan ¡Debe ser que me estoy volviendo viejo y sentimental! Consagré mi vida -muchos de mis compañeros también- a una empresa que jamás pensé, llegaría a la bancarrota moral y material. Hicimos lo que teníamos que hacer, cumplir con nuestros deberes como lo exige el derecho a ser un ciudadano; ahora se nos impide de mil maneras el cumplir con ese deber, Y que no se diga que nada intentó hacerse para modificar esta realidad. Un honorable grupo de mis colegas, se reunieron con seriedad mas de de mil veces hasta fraguar un proyecto de autogestión de mi Hospital. La prepotente imbecilidad del político, ahogó con un dedo sus bien intencionados esfuerzos. Ahora, cuando el barco encalló y es un estorbo, parece que va a lograrse. ¡Las ruinas que la indolencia dejó a nadie parecen interesarle! Mientras tanto, malqueridos y peor correspondidos, seguiremos al lado de nuestros pacientes y alumnos, pues seguros estamos que, tiempos más auspiciosos habrán de venir… ¡También los hospitales y pacientes necesitan de ”auxilio”, señor Presidente!

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